El central con miedo

Martín Demichelis fue uno de esos pibes llamados a dejar su huella en el fútbol. Desde que debutó en Primera argentina con River Plate, se atisbó un central de enorme potencial físico y técnico que hacía volar la imaginación porque empleaba sus facultades para intentar cosas que no eran normales, que sólo se le ocurrían a él. En este sentido, fue una especie de precursor de lo que luego ocurriría con el David Luiz del SL Benfica, si bien al Micho le fue mejor. Siete cursos al pie del cañón en todo un Bayern Múnich así lo atestiguan.

No obstante, ahí hubo trampa. Demichelis llegó a Alemania en 2003 y dejó de estar visto con buenos ojos tras la temporada 2009/10, es decir, el argentino sólo convenció en un club de talla mundial en un periodo en el que el Bayern Múnich no compitió de verdad por todo. En el momento en el que sí lo hizo, de la mano de Van Gaal en el último año de la década, su actuación frente a Diego Milito en la Final de la Champions League resultó decisiva para la derrota de su equipo.
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Tras aquel partido, se dio por hecho que Demichelis había entrado en su declive físico y que ya no estaba preparado para seguir en un grande, algo que, visto con perspectiva, fue una mala interpretación. Si Martín había estado listo para esa exigencia alguna vez, seguía estándolo. Físicamente, como luego probaría el hecho de que cinco años más tarde Atlético de Madrid y Manchester City pretendieran su contratación, tenía cuerda. El tema estaba en que Micho rendía mucho más en contexto de exigencia menor. Y no por un tema de presión ambiental -le sobraba personalidad-, sino por la coyuntura que define su carrera: Demichelis no quería sufrir, no convivía bien con la concentración de quien no puede permitirse fallar porque él lo que quería era divertirse sobre el campo.
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De ahí que en La Rosaleda hallase su otro hábitat ideal. El Málaga CF era un proyecto alegre con potencial para practicar un fútbol creativo y gratificante, donde un fallo en defensa no implicaba una crisis. Por la condición de la entidad y la calidad de la plantilla, se trataba de un proyecto que jugaba por el placer del premio, no para huir del fracaso. Además, allí encontró el apoyo moral de Pellegrini y la ayuda futbolística de Weligton, que representaba la parte cruda y realista de la pareja que estuvo a punto de llevar a los blanquiazules a una semifinal de la Copa de Europa. Quizá si el brasileño no se hubiera perdido aquel partido, el cuento no se habría acabado. Sin Weligton dando su vida, Micho no salvó la del malaguismo. Él no era hombre para evitar goles en el descuento de los que envían a casa.
Demichelis ha sido un central especial que ha jugado al fútbol de cine. Su carrera ha hecho disfrutar. Pero le faltó aprender a disfrutar sufriendo como sí hizo su compañero de zaga en el Bayern Múnich, el superior Lucio. Por eso no ha pasado a la historia como prometió.